Muchos se casaron jóvenes y por la Iglesia -ellas, de blanco impoluto-, convencidos de que era para siempre. Sin embargo, el aumento del tiempo compartido tras la jubilación laboral, la creciente esperanza de vida y -en algunos casos, como consecuencia de lo anterior- la ruptura del ideal del amor eterno tras un largo tiempo de convivencia han acabado con su relación. Las disoluciones de matrimonios -divorcios, separaciones y nulidades- cuyos cónyuges ya han cumplido los 65 años se disparan en España. En apenas una década se han duplicado con creces. En 2011 sumaron 3.507, frente a las 1.435 registradas en 2001, según un reciente informe del Imserso. Es decir, un incremento del 144%, cuando en ese periodo las cifras totales de parejas deshechas en el país apenas crecieron un 4,8% al situarse en 110.651.

¿Por qué un hombre o una mujer deciden encarar un cambio radical precisamente en la recta final de sus vidas después de cohabitar durante décadas bajo el mismo techo? Cada caso es diferente, especialmente en función del género, explican psicólogos y sociólogos. Pero hay un objetivo común: “reinventarse y buscar de nuevo la felicidad”. Un cambio que para muchos hombres se vincula con más sexo y compañía, mientras que para la mayoría de las mujeres se relaciona con una etapa de tranquilidad tras sentir que han gastado su vida al servicio del marido, apuntan los expertos consultados.

Esa generación que empieza a familiarizarse con las separaciones rondaba la treintena cuando en 1981 fue aprobada la Ley del Divorcio, lo que ha contribuido a que vivan las rupturas matrimoniales como algo normal y acepten sin grandes reparos los nuevos modelos de familia. “Nuestros mayores no han sido educados en el ‘contigo pan y cebolla’ para siempre, no ven el divorcio como un pecado”, explica Leire Iriarte, psicóloga y profesora de la Universidad de Deusto.

“Las mujeres suelen aducir razones de dominación por parte de sus parejas. Los hombres, la incompatibilidad de caracteres y la pérdida del amor”

La esperanza de vida en España, cifrada actualmente en 82,29 años -la mayor del mundo después de Japón-, también estimula la búsqueda de nuevos rumbos en los años finales. “Los divorciados de 65 años todavía se sienten jóvenes y quieren afrontar las casi dos décadas que les quedan por delante con una mejor calidad de vida”, comenta Amaia Bakaikoa, psicóloga clínica y sexóloga.

La crisis de los 40 se convierte en una frontera importante y determina los años venideros del matrimonio. Porque cruzando ese límite se suelen tomar algunas decisiones capitales en relación con la vida personal, familiar o profesional. “En la mediana edad, muchas personas empiezan a replantearse si su proyecto de vida se ha cumplido y entienden que, si no se divorcian ahora, ya no lo harán nunca”, apunta Iriarte. Sin embargo, tras haber puesto distancia de por medio, las mujeres y los hombres caminan por distinta dirección. Ellas se divorcian para librarse de un marido mezquino o, en el peor de los casos, de un maltratador. Y no suelen plantearse nuevas relaciones, sino disfrutar más de sí mismas y de sus hijos y nietos. “Las mujeres que ponen fin a su matrimonio suelen aducir razones de tipo abusivo o dominante por parte de sus parejas o dicen estar cansadas de soportar infidelidades. La queja más común de los hombres es la incompatibilidad de caracteres y la pérdida del amor, la necesidad de ser felices, de buscar mayor satisfacción”, retrata la profesora de Deusto. No obstante, muchas mujeres ya no se dejan caer en brazos de un hombre dominante. “El matrimonio ha dejado de ser una relación de dependencia, normalmente de la mujer hacia el hombre. Se busca la realización personal de los dos miembros de la pareja”, celebra la sexóloga clínica.

Las tensiones, disimuladas a lo largo de años por la presencia de los hijos en el hogar y porque la actividad laboral les permitía a ambos librarse unas cuantas horas al día de la presencia mutua, saltan en pedazos cuando uno de los dos se jubila. “La convivencia, al ser más intensa, precipita dudas que llevaban rondando en la relación durante años, pero que se ven con claridad cuando la pareja ya tiene que mirarse a los ojos y preguntarse ahora qué”, precisa Iriarte. El informe de ‘Las Personas Mayores’ publicado por el Imserso refleja que los divorcios tardíos se producen poco después de la jubilación. En el grupo de 65 a 69 años son el 5,45 % del total, mientras que en el tramo de 85 a 89 años no llegan al 1%.

En ocasiones, los varones no resisten el canto del cisne de la naturaleza y, con la ayuda de una píldora de color azul, tampoco renuncian a los placeres del sexo. “La comercialización del Viagra en España desde 2001 supuso una revolución porque los hombres comenzaron a sentirse capaces sexualmente. Y a ciertas edades se quieren demostrar a sí mismos que no han perdido facultades para conquistar”, apunta la sexóloga. No se limitan a cogerse de la mano. Los mayores también hacen el amor. Con quien quieren y pueden. Como quieren y como pueden. El sexo en la vejez es, según Bakaikoa, un tabú que empieza a derribarse. “Antes, la sexualidad se asociaba a la juventud, no era apta para personas mayores. Hoy, sabemos que siempre está ahí para aportarnos calidad de vida y un gran equilibrio emocional.”

“Algunos varones se quieren demostrar a sí mismos que, pese a la edad, no han perdido facultades para conquistar”

Muchos maridos no quieren ni oír hablar de jugar a la petanca y buscan incansablemente amores tardíos, y en ocasiones los encuentran y su vejez se convierte en una etapa sexualmente activa. Pero también los hay que se dejan llevar por relaciones imposibles, víctimas de su vanidad, y acaban sumando otro fracaso amoroso. “Ellos dan el paso de separarse cuando ya tienen otra pareja, porque necesitan a alguien que les cuide, les acompañe, e incluso, se obsesionan por demostrar que pueden seguir conquistando. Ellas se emparejan con más tranquilidad y cuando la relación es profunda e interesante”, diferencia la psicóloga clínica.

En general, las mujeres afrontan mejor que los hombres su nueva situación de separadas o divorciadas. “Ellas temen mucho menos la soledad, demuestran mayor capacidad para manejarse tanto a nivel funcional como personal y disponen de redes sociales más amplias”, describe Bakaikoa. Iriarte abunda en esa idea: “A nivel emocional y afectivo ellas son más capaces de superar el duelo y reestructurar su vida.”

El divorcio después de pasar el umbral de los 65 también es achacable al abandono del hogar por parte de los hijos, lo que se conoce como el síndrome del nido vacío. “Muchas mujeres han renunciado a sus propias necesidades porque siempre han interpuesto el bienestar de sus hijos, pero cuando ellos se independizan comienzan a pensar en sí mismas”, elogia Bakaikoa.

Los hijos, conscientes de los problemas conyugales de sus padres, entienden que lo mejor para ellos es la separación. “Han visto las dificultades de relación entre sus progenitores y tienden a darles un toque de atención. Sin embargo, les cuesta afrontar la separación después de verlos tantos años casados. Para los hijos y su entorno es difícil de entender que en un momento de la vida puede que sus padres se acompañasen bien, pero que la posición en el ciclo vital y las necesidades de cada persona van cambiando”, explica la profesora de la Universidad de Deusto. Los hijos, según Baikaikoa, suelen posicionarse del lado de la madre, “porque es el vínculo familiar entre todos y porque la ven más indefensa a nivel económico.”

Hay mujeres que recuperan la calma y se vuelven a enamorar, pero es infrecuente. Eso sí, al contrario de lo que pudiera parecer, a juicio de Iriarte, “cuando los mayores se divorcian aumenta su nivel de satisfacción y empiezan a establecer relaciones sociales más saludables.” En este sentido, Bakaikoa lanza un mensaje alentador a quienes deseen redescubrirse y vivir en plenitud sus últimos años: “Cualquier edad es buena para reinventarse y buscar de nuevo la felicidad.”